Repite conmigo: los catalanes no son,

prehistorialos musulmanes no son, los blancos no son, los cristianos no son, las mujeres no son, los judíos no son, los del Madrid no son, los gitanos no son, los hombres no son, los vascos no son, los rojos no son, los negros no son, los curas no son, los homosexuales no son

– Pero no son qué?

– Nada o, en todo caso, nada importante

Durante tres millones de años (tanto tiempo marca mucho) sólo distinguíamos entre mi tribu y las otras tribus: la mía me permitía sobrevivir, las otras intentaban matarme.

Desde hace sólo unos miles de años surgieron sacerdotes, reyes, nobles  y soldados. Ellos decidían quién merecía respeto y quién era sólo un esclavo, quienes eran nuestros amigos y a quienes había que matar. Era un sistema más sofisticado pero las consecuencias  prácticas para esclavos, artesanos  y campesinos eran bastante parecidas.

Hace sólo doscientos y pico de años (ayer, como quien dice) algunos formularon una idea revolucionaria: todos los seres humanos, por el mero hecho de serlo, eran dignos de respeto y libres e iguales ante la ley: nadie podía ser perseguido por su color, su linaje o sus creencias

Tan revolucionaria era la idea que, casi tres siglos después, y a pesar de haber avanzado mucho, aún no hemos conseguido convertirla en realidad.

Es cierto que los que siguen negando esta idea desde un punto de vista teórico ya son una minoría (los salafistas, los yihadistas, los supremacistas blancos de Estados Unidos, los neonazis y supremacistas europeos …) pero hay muchísimos más – como hemos visto tras los atentados de Barcelona – que, por lo bajini (o de forma más abierta cuando se sienten amenazados), entran en la vieja lógica de meter a todos los miembros de las otras tribus en el mismo saco.

La lucha de ideas y la lucha política democrática  son mecanismos  sanos  y absolutamente  imprescindibles para resolver los conflictos sociales. Pero si pasamos de las ideas a las personas, debemos desterrar definitivamente de nuestro vocabulario las frases tipo “los xxxx son” y grabar a fuego en nuestro cerebro y en las paredes de nuestras ciudades que lo importante no son los linajes ni las tribus ni el color: que lo más importante es si tal o cual persona es egoísta o generosa, respetuosa o fanática, honesta o deshonesta,  hipócrita o sincera, cruel o compasiva.

Si lo consiguiéramos, el mundo sería infinitamente más habitable

 

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