Terrorismo, humanismo y estereotipos culturales

sapiens

La cultura es algo mucho más importante que cultivar las artes o las ciencias: es,  ni más ni menos, que la bala de plata que ha utilizado el ser humano para convertirse en el jefe incontestable del reino animal.

Desde el punto de vista científico, la cultura engloba todos nuestros comportamientos, elaboraciones intelectuales y valores no innatos, o sea, casi todo: el deporte, la ópera, las relaciones de poder, las leyes, la música, las bromas, el lenguaje, la gastronomía, la religión, el machismo, el racismo, el altruismo, el tener perros domesticados en casa o el comérnoslos en pepitoria, todo esto – en el sentido científico del término – es cultura.

En los orígenes de la humanidad, la cultura no era tan sofisticada pero el lenguaje, la capacidad de abstracción, la imaginación y las formas complejas de cooperación grupal fueron el elemento clave para convertirnos en una especie capaz de sobrevivir en casi cualquier medio y de enfrentarnos  con éxito a cualquier otro animal. Aunque haya algunas especies con incipientes rasgos culturales (es decir, con comportamientos aprendidos de generación en generación) se puede decir, con perdón para los creyentes, que es la cultura (y no el alma) lo que nos diferencia del resto de los seres vivos.

Al ser la cultura algo tan flexible y adaptable (de ahí su éxito en términos evolutivos) la diversidad cultural es enorme y cientos de miles de antropólogos, historiadores y sociólogos han dado lo mejor de sí mismos y de sí mismas para, entre otras cosas, explicar y  clasificar los rasgos culturales dominantes en diferentes segmentos sociales (sindicalistas españoles,  jóvenes catalanes, inmigrantes en Suiza, pastores masáis  o  habitantes del Tíbet) y también para realizar comparativas entre el consumo de drogas en Tejas y en Costa Rica o los valores dominantes entre cristianos y protestantes.

Todo esto es muy loable y muy útil, especialmente si nos ayuda a entender cómo funciona nuestra propia especie, pero el resultado de todas estas investigaciones no se fundamenta más que en aproximaciones estadísticas.

¡¡Aproximaciones estadísticas y sólo aproximaciones estadísticas!! ¡¡Ahí está la clave!!  Porque si damos un paso más allá – como hacemos frecuentemente en el lenguaje coloquial – y decimos que los hombres, las mujeres, los masái, los negros, los musulmanes o los catalanes son tal cosa o tal otra, caemos en estereotipos infundados y, lo que es mucho peor, abrimos las puertas del infierno, del odio tribal, del genocidio y de la guerra.

No exagero. Nosotros, los Homo sapiens, sólo hemops necesitado 170.000 años para invadir los hábitats y provocar la extinción del resto de especies del género Homo (incluyendo los Neandertales)… y en nuestros 200.000 años de existencia no hemos dejado de pelearnos  a muerte entre nosotros.

Durante este largo período de tiempo nuestra tribu ha sido fuente insustituible de seguridad y la tribu vecina una amenaza permanente. Por eso llevamos la tribalidad y la xenofobia en nuestro ADN.

Hace muy poco tiempo, en términos históricos, que algunos se han atrevido a pensarnos como individuos que tenían un valor en sí mismos y menos tiempo aún que se habla de humanismo y que algunos consideran que cada uno de nosotros somos seres irrepetibles y valiosos. Este es el verdadero avance de la civilización. La reducción de los individuos a estereotipos grupales es la barbarie.

Debemos acordarnos de todo eso cuando asistimos horrorizados a la crueldad de los atentados indiscriminados y de la guerra: la manera de hacerle frente no es utilizando su misma lógica, aunque sea en sentido contrario: es contraponiendo la civilización a la barbarie, el humanismo a la tribalidad, y poniendo el valor único y diferenciado de cada individuo por encima de cualquier estereotipo cultural.

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